Este fin de semana fui a esperar a mi novia a la salida del Hospital Rosales pues salía de sus prácticas justo a la hora de la visita, con una bolsa en mano esperaba bajo el sol y me empecé a percatar de la agonía que los visitantes tienen que soportar para poder ingresar al nosocomio.

El hambre y la desesperación se reflejaban en la cara de muchos, el calor insoportable, la aglomeración de personas, todo era propicio para una desesperación absoluta. En la puerta gente suplicaba poder entrar sin tener tarjeta de acceso o de visita sin tener clemencia alguna de los vigilantes de la portería.

Al interior algunos pacientes se acercaban a la reja para poder observar si algunos de sus familiares o amigos habían llegado algunos se regresaban sin que pudieran ver a alguien pues nadie había llegado.

En la fila familiares discutiendo por problemas familiares o personales relacionados con el que estaba ingresado, madres desesperadas con ganas de ver a su hijo y entregarle sus galletas y sus cajitas de jugo que le llevan. En una esquina una familia lloraba pues les acababan de informar que su pariente había fallecido en el interior y lamentablemente no pudieron entrar a verlo.

Algunas personas dicen que a veces se enferma más el visitante que el propio paciente convaleciente y después de esta experiencia si lo puedo creer.

Anuncios